PASIONES

Desde la Antigüedad, el análisis de las pasiones ha dado lugar a numerosos estudios y múltiples intentos de categorización. Las pasiones, ese estado psíquico que apela al deseo y se impone sobre la razón, han provocado temor durante mucho tiempo y una necesidad de controlarlas para que el hombre no se alejara de la razón, único camino de la verdad. En efecto el Hombre, ser dotado de razón, es capaz de elegir en el presente, pero también de planificar una acción futura. Sin embargo, a pesar de sus decisiones razonadas, sucede que por debilidades de la voluntad sucumbe a sus pasiones y no cumple la estrategia razonada que había previsto. Se trata aquí de entender al Hombre, de la definición del “yo” que tratan de captar los muchos tratados sobre las pasiones de todos los tiempos.

La concepción de las pasiones evolucionó a lo largo de la historia y fue adquiriendo de a poco una dimensión científica, en particular a través de sus explicaciones a través del cuerpo y de sus efectos sobre la mente. Es la época de las clasificaciones, donde se trata de entender al Hombre. Aunque las pasiones se analizan en primer lugar como fenómeno pasivo, terminan designando estados duraderos que se caracterizan por su fuerza y su violencia. Muy definidas por la filosofía, las pasiones se han tomado sin embargo muy poco en cuenta a la hora de analizar los hechos geopolíticos modernos. Son un componente esencial de la historia universal y colectiva. Fuerzas movilizadoras por excelencia, capaces de salir del ámbito de lo racional para seguir su propio camino, las pasiones han sido analizadas como base de lo político, sin pasar por ello la frontera del análisis geopolítico de los conflictos. Ahora bien, es hora de desarrollar un análisis que tome en consideración el estudio tanto de elementos objetivos como de elementos subjetivos relativos a la percepción de las situaciones internacionales por parte de los actores sociales.

Platón situaba a la pasión como procedente de una parte del alma distinta a la razón y cuya base estaba en distintas partes del cuerpo humano. Las pasiones llevan al hombre a dejar de lado la razón, a vivir solamente en función de su sensibilidad y sus impulsos, es decir a vivir en la ilusión de la ignorancia. En la misma línea que su maestro, Aristóteles concibe la pasión como una patología sin valor moral, pues es meramente pasiva. En efecto, “pasión” viene del griego pathos, cuyo significado es “sufrimiento” o “enfermedad”. La pasión no es sino una alteración que afecta el alma o el cuerpo. Aristóteles define al yo como estable y estructurado, al igual que el universo. Las pasiones que por momentos lo afectan tienen que ver también con un contexto determinado y pueden organizarse en cuadros sinópticos según los efectos que producen[ref]Montaigne, luego Pascal y La Rochefoucauld desarrollan una antropología anti-aristotélica centrada en la idea de un yo disperso e inestable, imposible de captar en su totalidad, polimórfico y metamórfico.[/ref]. La escuela estoica, en cambio, considera a la pasión como a una perversión, una razón pervertida[ref]“La pasión no proviene sino del hecho de verse frustrado en sus deseos o de encontrar lo que tratamos de evitar. Eso es lo que acarrea los trastornos, las agitaciones, los infortunios, las calamidades, las tristezas, los lamentos, la malignidad; lo que vuelve envidioso, celoso…pasiones que impiden incluso escuchar lo que nos dice la razón”.Epícteto, Las Disertaciones.[/ref] ; y rechaza la división platónica del alma en partes distintas. Para los estoicos, las pasiones son únicamente un trastorno del alma, sede de la razón. El fundador del estoicismo, Zenón de Citio, afirmaba que “la pasión es un estremecimiento del alma opuesto a la recta razón y contra natura”. Si bien según las tradiciones griegas las pasiones pueden tener un carácter neutro o negativo, siguen siendo en todos los casos una incontrolable amenaza para la razón. Esa etiqueta se mantendrá con el pensamiento medieval y se estigmatizará a través del pensamiento cristiano, en particular con San Agustín para quien la pasión está asociada a la concupiscencia.

Thomas Hobbes en su obra máxima, Leviatán (1651), dedica un imponente capítulo a la elaboración de un tratado de las pasiones. El hombre tiene representaciones y pasiones elementales, que expresa a través del lenguaje al que imprime un significado. Es a través del lenguaje que el hombre abandona su condición animal para acceder a una condición política. Pero si bien el lenguaje brinda al hombre la posibilidad de desarrollar su memoria y de proyectarse en un futuro, también hace posible la mentira. Así pues, aparece allí la duda en cuanto a las intenciones de los hombres entre sí. De esa incertidumbre nace el miedo que llevará al hombre a una guerra de todos contra todos, poniendo en peligro su supervivencia. Ahora bien, para Hobbes, el hombre es un ser de deseos, entre los cuales el deseo de sobrevivir es el principal[ref]Hobbes define el deseo como un movimiento hacia el objeto o el evitamiento del objeto (Conatus).[/ref]. Las demás pasiones provienen de ese deseo fundamental y mutan hacia un deseo de acumulación de poder. Según Hobbes, la voluntad sigue al deseo, la voluntad es el deseo convertido en acto. Por el contrario, René Descartes piensa que la voluntad puede manejar las pasiones, pues éstas dependen de ella. En efecto, aun cuando la pasión no sea negativa por esencia, es necesario de cualquier modo controlar sus excesos. El análisis de Descartes pretende ser psicológico y fisiológico, y hace de las pasiones una modificación interna del alma, causada por los impulsos del cuerpo[ref]En una investigación sobre la interacción del cuerpo y la mente, Descartes analiza las pasiones que considera como “espíritus animales” que se propagan en la sangre, del corazón hacia el cerebro.[/ref], sin que en ello intervenga la voluntad.

Aunque para Spinoza controlar las pasiones sigue siendo necesario, su definición de las mismas es totalmente diferente. Por el contrario, la pasión es un procedimiento pasivo, resultante de necesidades naturales. Las pasiones son padecidas, son afectos pasivos, que hacen del hombre un siervo. Sin embargo no son negativas en sí mismas. La pasión es, para este autor, una “idea inadecuada” esencialmente imaginaria y a menudo abstracta que se opone a la acción, que siempre es una “idea adecuada”. Para Spinoza, la acción es sinónimo de libertad, puesto que procede de una elección. La pasión en cambio es impuesta por un objeto exterior y pone en escena la imaginación siempre confusa, pues mezcla las propiedades del objeto exterior con las del cuerpo humano. Para el filósofo, el manejo de las pasiones no se realiza mediante la razón sino oponiéndole afectos activos tales como el coraje, la firmeza o la generosidad, virtudes procedentes de la alegría de entender las causas de nuestras pasiones.

El concepto de pasión evoluciona en el siglo XVI hacia una revalorización con los pensamientos libertinos a través del hedonismo y de la crítica de la supremacía de la razón. En filosofía, el vínculo entre deseo y pasión se estrecha. En efecto, la pasión es una fuerza que proviene de la facultad de desear. Así, para Leibniz, la pasión es un deseo consciente y para Condillac, adversario del racionalismo, la pasión se define como un deseo tan poderoso que anula cualquier otro pensamiento. Teórico del sensualismo, ubica a las sensaciones como base de las ideas. A continuación de John Locke, David Hume se opone asimismo a la omnipotencia de la razón y declara que nuestro conocimiento proviene de nuestras experiencias, es decir de nuestras impresiones sensibles. Para Hume, la pasión es una “emoción violenta y sensible de la mente ante la aparición de un bien o de un mal” que excita su apetito. En contra de Descartes, defiende el gobierno de las pasiones sobre la razón.

La idea de la pasión como motor se encuentra también en el pensamiento de Friedrich Hegel, que la considera como una determinación potente de la voluntad tendiente hacia un objetivo, motor del desarrollo de obras artísticas, técnicas y políticas. En cambio, volvemos a encontrar el carácter negativo de las pasiones en Jean-Jacques Rousseau, que diferencia las pasiones naturales honorables de las que se adquiere en el estado de civilización (tales como el amor propio o la avidez) y que él considera que originan la desigualdad. Immanuel Kant será uno de los más críticos de las pasiones, que califica de “enfermedades incurables” del alma humana. Según él, una buena acción que respete la ley moral no se apoya sobre ninguna pasión. El filósofo distingue la emoción, simple sentimiento de placer o displacer, de la pasión que es una inclinación no controlable.

Thomas Hobbes, entendiendo ya en su época que lo político no puede negar las pasiones sin dejarse sumergir por ellas, las convertía en la base de un sistema político realista, resguardando las relaciones interhumanas a través de un contrato social que instituye un marco político-jurídico[ref]Hobbes trataba de analizar la naturaleza del hombre determinando su pasión fundamental, el miedo a la muerte, y las pasiones devastadoras que nacían en estado de civilización, tal como la búsqueda de acumulación de poder, para desarrollar su modelo político.[/ref]. Si bien su análisis se ha ampliado, puesto que la voluntad de supervivencia ya no es el único motor de los comportamientos, sino que aparece también la voluntad de vivir bien, el análisis del hombre en su irracionalidad más profunda con el fin de salir de un sistema en el cual un orden social podría crearse sigue siendo vigente en la actualidad. Todavía hoy la incertidumbre latente que excita la angustia en cuanto a la perennidad de una humanidad precaria en razón de los peligros que autogenera (calentamiento global, guerra nuclear) es una prioridad.

En el espacio político, en la interfaz de la naturaleza y la cultura, las pasiones se reconfiguran y a veces se intensifican, creando movimientos de insurrección contra las normas del orden vigente. Fuerzas movilizadoras, creadoras y destructivas, la historia está llena de ejemplo de movimientos pasionales que han enardecido a pueblos enteros. El estudio de esas pasiones en los conflictos actuales es esencial para poder entender las raíces de los mismos y dejar de subestimar su potencial destructivo. En efecto, las sociedades son el teatro de emociones colectivas importantes, tales como el resentimiento, la ira, el furor o, por el contrario, la admiración, el fervor y la adulación. Cada una de esas situaciones pasionales puede tomar las dimensiones de un compromiso universal, inscribiéndose al mismo tiempo dentro de una configuración histórica singular. Desde la óptica de las pasiones, los fenómenos históricos recientes -de una configuración pasional y de una intensidad excepcional- se vuelven previsibles y coherentes, tales como las revoluciones en el mundo árabe, la evolución del movimiento pacifista sirio en una guerra civil o bien las luchas entre gobiernos y movimientos de oposición africanos que se juegan sobre el telón de fondo de luchas étnicas, como en la República Democrática del Congo.

Philippe Braud recordaba que la política no son sólo ideas sino también ambiciones rivales, solidaridades activas y odios tenaces. En efecto, los sentimientos y los resentimientos animan y forman parte integrante de lo político. No podemos aprehender la complejidad de una situación política si ignoramos el papel de las pasiones. De igual modo se subestima el amor al poder que tienen los gobernantes y el lugar que ocupan el miedo o el deseo de ilusión en las expectativas de los gobernados. Aunque una emoción sea el fruto de una historia y de un contexto particulares, no se la puede reducir al simple resultado de atributos contextuales. En efecto, las pasiones entran en una relación doble en la cual, modeladas por un contexto, también actúan sobre éste y lo modifican. Tienen pues una fuerza propia que les permite mutar, autoalimentarse o bien producir nuevas emociones. Dicha fuerza puede aumentar cuando es manipulada por lo político con vistas a generar emoción. El discurso pasional es el más movilizador. Además es fácil de difundir, principalmente cuando instrumentaliza sentimientos de ira o miedos. Tomemos por ejemplo la instrumentalización del miedo por parte de la administración Bush después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001.

Así pues, es común que la indignación lleve al resentimiento, luego a la ira y al odio, que luego cobran cuerpo a través de protestas, motines y rebeliones. Si esas pasiones no son contenidas, llevan a la violencia y a la anarquía y, como reacción a estas últimas, al despotismo o al cambio revolucionario. El temor lleva al miedo y el miedo puede llevar a la parálisis social si se vuelve en contra de quienes lo utilizan. En efecto, las pasiones son herramientas poderosas pero extremadamente peligrosas y delicadas de manipular, sobre todo a gran escala. Cuanto más potente es la pasión que se siente, más violenta será la respuesta. Tomemos por ejemplo el miedo a perder el poder de Bachar el-Assad (Siria) que responde con el uso extremo de los medios de coerción sobre el pueblo insurrecto. La violencia extrema llega en el momento en que la supervivencia se ve amenazada, ya sea a través de la necesidad de reconocimiento identitario como en los movimientos revolucionarios, o del mantenimiento de un tirano en el poder. Pero en nuestras sociedades, por el fuerte potencial movilizador y por los pocos argumentos que se le pueden oponer, la retórica de la supervivencia ha vuelto a aparecer en la esfera política como uno de los resortes más importantes de la acción política.

Cuando se trata de la pasión, lo que entra en juego a nivel identitario no debe ser subestimado. Las pasiones abren a la definición de las identidades individuales y sociales, particularmente cuando los valores sobre los que la identidad se construyó están siendo amenazados o cuestionados. Es por ello que la interpretación juega un papel importante en las pasiones. Cuando hay temor y percepción de amenaza de los valores que participan de la definición de la identidad del grupo, las pasiones se desatan con el objeto de impedir el riesgo de ofensa moral. En efecto, en nuestra época, las pasiones identitarias están apareciendo o reapareciendo en distintas partes del mundo, convirtiendo a la identidad en una temática recurrente para la movilización de las pasiones.

Es por lo tanto esencial tener en cuenta, sin por ello idealizarlo, el potencial de contagio de las pasiones, así como la fragilidad de los equilibrios sociales y políticos que los ven nacer, sin olvidar por ello el papel que juegan sobre el contexto mismo. Las emociones son circunstanciales, evolucionan a lo largo de la historia mostrando el papel de la memoria, de los procesos de imitación y de abandono, de transmisiones y de olvidos. Así pues, las pasiones tienen una historia, una memoria y un territorio. Pertenecen a un grupo que les da forma, al mismo tiempo que ellas transforman y definen al grupo. El proceso de transmisión intergeneracional de las pasiones debe ser particularmente tomado en cuenta, puesto que es en esa transferencia donde se atribuye a las pasiones un papel de definidoras de identidad. Y en el curso de ese proceso de transmisión, es importante analizar cuáles son las modificaciones realizadas a las pasiones, pues si bien hay permanencia, de todos modos las pasiones no son estáticas, no hay una reproducción idéntica. Además, la expresión de las pasiones se metamorfosea y sería interesante identificar los mecanismos que llevan a la creación de una tradición emocional.

Tanto la caída de los imperios como la descolonización, la explosión de las comunicaciones y el acortamiento de las distancias o la crisis de las instituciones estatales o religiosas favorecen el desencadenamiento de pasiones. En efecto, desde la caída del Muro de Berlín, las pasiones ya no están enmarcadas ni territorializadas. Así pues, como lo hace Ulrick Beck, podemos plantearnos la cuestión de la “globalización de las emociones” en un mundo globalizado. Pierre Hassner mostró que esta “revancha de las pasiones” alimentaba el orden mundial al volver a pasar por los ciclos donde la humillación, la avidez, el orgullo y el resentimiento se erigen como “ética del orgullo, del odio y de la cruzada, reactivando el gran teatro del perdón, del arrepentimiento, de la reparación y de la reconciliación”. En la época del terrorismo, del fanatismo religioso y de la saturación emocional de los medios de comunicación, el análisis político se equivoca al no tomar en cuenta el papel que juegan las pasiones en todo ello.

Es hora de entender la “razón de las pasiones” que influye en los movimientos sociales y los acontecimientos políticos y a veces hasta los conduce. Con demasiada frecuencia, las pasiones fueron en la historia el motor de los conflictos y el principal resorte de la acción política contemporánea como para que ocupen un lugar tan pequeño cuando se analizan situaciones conflictivas modernas. Cierto es que las relaciones internacionales son un entramado de intereses y de ideas, pero una lectura en profundidad demostraría que las pasiones son su tierra fértil, y el análisis político no puede ser completo y global si deja de lado todo ese aspecto. Occidente ha borrado a las pasiones de su vida política y de su comprensión del mundo. Sin embargo, las expresiones transgresoras y subterráneas que resurgen hoy en África y en Oriente Medio, y que el islamismo radical trata de recuperar a su favor, no se limitan a la vivencia emocional de los individuos, sino que son culturalmente compartidas y transforman los espacios sociales. Así pues, quien dice sociedad humana dice pasión. Y aunque Occidente pretenda ser racionalista, para entender la razón es esencial explorar sus impasses. Las pasiones aparecen hoy como un nuevo ángulo de análisis de la historia de las relaciones internacionales, imperativo para la concepción de una gobernanza futura y para la creación de espacios de encuadre.