RESENTIMIENTO

El resentimiento existe a lo largo de toda la historia. Se transmuta según las evoluciones de las formas de organización humana, extendiéndose de los conflictos a las estructuras del poder. Fenómeno tanto individual como colectivo, puede enfrentar a dos individuos o a dos civilizaciones. El resentimiento es un fenómeno tan antiguo como el Hombre, pues deriva de sus percepciones y sus interpretaciones de la historia. Los hechos históricos pierden todo valor objetivo cuando el Hombre los interpreta según un sistema de valores establecido, del que proceden afectos. El resentimiento es pues un sentimiento consuetudinario de las sociedades humanas y se encuentra detrás de los conflictos.

El resentimiento se halla en la base de tensiones de todo tipo. Así, tanto si se trata de los resentimientos de los tuaregs, originarios del Norte de Malí, en relación a la gestión del gobierno central instalado en el sur del país, de los yihadistas en Sahel frente a Occidente (crisis maliense de 2013), o bien de las revoluciones que cambiaron el aspecto de Medio Oriente a principios de los años 2010, la lectura del resentimiento pone de manifiesto lo que simbólicamente está en juego en cada caso. Es por ello que, al ser tomada en cuenta, contribuye a la inteligibilidad de la historia y por ende a la comprensión de las problemáticas presentes. Frente a la necesidad de una redefinición de las relaciones éticas transestatales, superar los resentimientos representa un paso crucial para la realización de proyectos de sociedad globales. Por esas razones, es necesario analizar sus formas y sus orígenes, con el fin de canalizar mejor las pasiones humanas en un nuevo sistema de gobernanza mundial.

Si bien la palabra resentimiento aparece por primera vez en francés en 1593 en Le dialogue du Français et du Savoysien de René De Lucinge, caracterizando el descontento de la nobleza hereditaria al ver entrar burgueses a su cuerpo[ref]“El resentimiento del dolor que ellos (los príncipes) tenían al verse así despreciados (por el rey) para dar brillo al agrandamiento de esos recién llegados”, René De Lucinge.[/ref], es Friedrich Nietzsche quien le da su valor científico en 1887 en La genealogía de la moral. En su investigación sobre los fundamentos de la moral, Nietzsche analiza el resentimiento como herramienta de inversión de los valores de un grupo sometido, a quien se le ha prohibido la acción, con el fin de justificar su inacción. Este procedimiento comienza con “la rebelión de los esclavos en la moral” que plantea un “acto de venganza intelectual” que invierte el sistema de valores compartido por el grupo[ref]“La rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el resentimiento mismo se hace creador y da a luz valores: el resentimiento de esos seres a quienes la verdadera reacción, la de la acción, les es prohibida y que no encuentran compensación sino en una venganza imaginaria” in Friedrich Nietzsche, La Genealogía de la Moral.[/ref]. Para el filósofo, el hombre del resentimiento es un ser débil que se crea virtudes religiosas y una venganza imaginaria para justificar su inacción. Así, Nietzsche basa el resentimiento sobre la “moral de esclavo” y sobre el “no” creador que la funda[ref]“Mientras que toda moral aristocrátca nace de una triunfal afirmación de sí misma, la moral de los esclavos enfrena, desde el principio, un “no” a lo que no forma parte de sí misma, a lo que es “diferente” a ella, a lo que es su “no-yo”: y ese “no” es su acto creador”, in Friedrich Nietzsche, La Genealogía de la Moral.[/ref]. Nietzsche llegará a ubicar el resentimiento en el origen de la moral cristiana, afirmación que desmentirá Max Scheler en su libro El hombre del resentimiento (1970).

Scheler estudia el resentimiento dentro del marco de una filosofía de los valores y lo define como “un auto-envenenamiento psicológico que tiene causas y efectos bien determinados. Es una disposición psicológica de cierta permanencia que, a través de una represión sistemática, libera algunas emociones y sentimientos, en sí normales e inherentes a la naturaleza humana, y tiende a provocar una deformación más o menos permanente del sentido de los valores, como también de la facultad de juicio”[ref]Ibid., pág.14.[/ref]. Scheler analiza también los procesos de superación de la moral creadores de resentimiento. Así, determina como causa de resentimiento el deseo de venganza, pero también el rencor persistente, la envidia, los celos, la malignidad y la maldad.

El resentimiento tiene su origen en una situación de injusticia, de opresión o de atentado contra la seguridad frente a la cual el individuo o el grupo social no pueden reaccionar. Frente a la imposibilidad de pasar al acto, se desarrolla un proceso de mantenimiento y exacerbación del resentimiento que hace madurar un deseo de venganza que no puede ejecutarse. En efecto, el resentimiento excluye toda voluntad de olvido o de superación. La reviviscencia de la herida pasada la trae constantemente al presente. Los resentimientos no pueden leerse únicamente como una relación causal: se alimentan unos a otros, se encadenan y se superponen. Así, la historia nos los muestra más bien en forma de ciclo. El resentimiento es por lo tanto la causa y la consecuencia de las violencias de la historia. En ello, es inherente al Hombre en todas las escalas de la organización social del mundo, donde cada grupo forma parte de un conjunto más amplio. Como sentimiento, no conoce fronteras y puede afectar tanto a un individuo como a un pueblo entero[ref]El resentimiento no es únicamente el enfrentamiento de dos grupos. Existe también en el interior del grupo mismo.[/ref]. Puede ser individual o colectivo, y ambas formas pueden superponerse y acumularse.

El resentimiento es una emoción y, en ese sentido, tiene que ver con la subjetividad humana. Cada hombre que vive una experiencia traumática desarrolla su propio análisis, construido a partir de sus percepciones. Las lecturas de los hechos son por lo tanto múltiples, y para entender un resentimiento hay que cruzar los hechos históricos “objetivos” con el análisis subjetivo de los actores presentes. De allí surge la comprensión del sentido simbólico que permitió la inversión de los valores y la creación de una nueva moral. El resentimiento se apoya en un sentimiento de gran injusticia. De esa percepción nace una emoción que rige de allí en más la estrategia de acción. Así pues, es una elección del individuo, lúcida o no, sobre la manera de organizar el sentido de los acontecimientos. Se trata de una experiencia “viva”, pues trae permanentemente a la conciencia los acontecimientos que la desencadenaron. Este fenómeno de mantenimiento del vínculo emotivo con el pasado y de mantenimiento o hasta de reconstrucción de la memoria[ref]La memoria humana no es perfecta, reconstruye el pasado y opera varias transformaciones de lo real vivido, basándose en los sentimientos experimentados, que a su vez estimulan la imaginación.[/ref] la mantiene y la exacerba.

Por esencia, el resentimiento es total o parcialmente reprimido. Este fenómeno, latente en un primer momento, se va inscribiendo en la duración y lleva a los sujetos a alimentar un sentimiento de odio que, con el tiempo, se convertirá en sed de venganza. Así pues, su exacerbación sumada a un elemento desencadenante decisivo lo llevará a expresarse a través de una acción de rebelión violenta. Es un período de ruptura, en el que los Hombres del resentimiento llevan adelante un combate por su reconocimiento y el rechazo de su avasallamiento encuentra su expresión más extrema en las revoluciones.

Sin embargo, cualesquiera que sean sus manifestaciones en la sociedad, la modificación de los valores que acarrea conduce al fortalecimiento o a la redefinición de la identidad del grupo. Tal como lo afirmaba Nietzsche, una nueva moral nace de un “no” creador de valores. Esos valores colectivamente compartidos permiten al grupo protegerse contra la opresión padecida mediante una redefinición del sentido. El resentimiento es entonces un arma de la mente para la conservación del Hombre[ref]En su tratado sobre las pasiones (1823), Jean Alibert sostenía también la utilidad del resentimiento cuando escribía “El resentimiento figura entre los principios de acción que tienden a protegernos contra los perjuicios de una violencia enemiga”, in Jean-Louis-Marc Alibert, Physiologie des passions, ou nouvelle doctrine des sentiments moraux, Tomo 2, Paris Brechet, 1825, pág.217.[/ref]. Este sentimiento se convierte en un elemento importante de la construcción identitaria del grupo oprimido, permitiéndole soportar lo intolerable mediante una revalorización de la memoria colectiva. De ese resentimiento nace así una protección contra el aniquilamiento o el rebajamiento de una identidad cultural.

Muchas ideologías del siglo XX son ideologías del resentimiento, pues las pasiones humanas son una herramienta de propaganda y su instrumentalización ha marcado nuestra historia. En el campo ideológico Marc Angenot hace del resentimiento el núcleo de las ideologías nacionalistas del siglo XX, como consecuencia del posmodernismo, de los tribalismos y de otras reivindicaciones identitarias. Aunque el resentimiento no tiene vocabulario propio, y se vincula más con lo simbólico que con el significado, hereda un estilo y una retórica propia cuando se convierte en el centro de un sistema argumental político. Utilizando el registro de la ira, muestra su humillación, sus rencores y sus reivindicaciones. Impide todo tipo de argumentación, pues no se basa en la razón sino en la percepción. Frente a la oposición, el discurso del resentimiento se sumerge automáticamente en la indignación. Además, al insistir sobre los símbolos nacidos también de esa redefinición de los valores, teatraliza lo real, con el fin de impedir el regreso a un análisis racional. El registro emocional da beneficios inmediatos, pues es federador y se propaga fácilmente. De esta manera, es fácil disimular las deficiencias de su dialéctica refiriéndose sistemáticamente a los perjuicios padecidos, reanalizando los acontecimientos presentes y pasados bajo la lupa del resentimiento. Así, el resentimiento debe entenderse como un “componente” de diferentes ideologías políticas, y no como una ideología en sí, ni como la característica de una en particular[ref]Para Marc Angenot no hay doctrinas que no tengan algo de resentimiento y muchas ideologías políticas y sociales incluyen un polo “modernización-superación” y un polo “repliegue-resentimiento”.[/ref].

El resentimiento no se manifiesta según un esquema tipo, sino que se conjuga en función del contexto en el que aparece, de las humillaciones sufridas y de la percepción de los actores involucrados. Cada resentimiento es por lo tanto único y a menudo heredero de siglos de historia. Este fenómeno ancestral y omnipresente puede ser considerado como uno de los elementos perturbadores fundamentales del mundo contemporáneo. Puede encontrárselo, por ejemplo, en las bases del conflicto sirio, de las tensiones políticas entre China y Japón o de la revolución tunecina.

En efecto, los resentimientos siguieron las evoluciones de las formas de conflictos. Las rivalidades religiosas hasta el siglo XVIII y luego la política nacionalista de los Estados sirvieron de catalizador a sus múltiple formas. Y si bien ni la religión ni el nacionalismo consiguieron reabsorber el resentimiento, sí lograron canalizarlo a través de proyectos de sociedad. Los Estados eran fuertes y comprimían los rencores internos, orientando los resentimientos hacia el exterior de la nación. Con la caída del Muro de Berlín, los conflictos se volvieron supranacionales y la instrumentalización ideológica clásica del resentimiento evolucionó en ese sentido, con el fin de asociarse a los conflictos interétnicos y a los fundamentalismos religiosos que algunos políticos poco hábiles exacerbaron. Alimentados por la memoria colectiva, esos rencores antiguos deben ser estudiados a través de un enfoque amplio de la historia, que es lo único que permite captar la “cantidad de maneras de honrar las exigencias del resentimiento, desde las formas más artesanales como la vendetta hasta las más sofisticadas”, tal como lo escribía Peter Sloterdijk.

La consideración de las pasiones en el desarrollo de los sistemas políticos de gestión colectiva del planeta es una necesidad, con el fin de responder a las ambiciones de equidad y de ética. Superar los no dichos y los odios ancestrales que se expresan a través de los conflictos o de las tensiones sociales aparece como una condición esencial. La realización de los objetivos de una nueva gobernanza mundial depende del potencial de los actores para forjar un capital comunitario capaz de cohesión y de movilización. Es por ello que desmontar esos engranajes es una condición primordial para su realización. En otro nivel, manejar y reabsorber los resentimientos es el único medio para redefinir la identidad de cada individuo y de cada comunidad en una escala más global.