SOFT POWER

El concepto de soft power, que puede traducirse en español como “poder blando”, es introducido en el debate académico y político en 1990 por Joseph Nye, un especialista de relaciones internacionales que enseña en la Universidad de Harvard en Estados Unidos[ref]Joseph Nye, Soft Power, The Means to Success in World Politics, Public Affairs, 2005.[/ref]. La aparición de ese término no es fortuita, puesto que nos encontramos en ese momento en pleno período de ruptura, entre la caída del Muro de Berlín y los incidentes de Tiananmen en 1989 y el derrumbe de la URSS en 1991. El período reclama nuevos paradigmas -“Fin de la Historia”, “Paz Democrática”, “Choque de Civilizaciones”- y también nuevos conceptos que puedan permitirnos aprehender una situación inédita. El de soft power se convertirá en uno de los más populares de la época y se impondrá en el ambiente académico -no sin generar animados debates- y luego en el discurso político y hasta en el lenguaje corriente. A pesar de todo, es importante destacar también que la génesis del concepto de soft power está directamente vinculada con el retroceso de los Estados Unidos como superpotencia y con su capacidad cada vez menor para proyectar su potencia bruta en el exterior.

Al igual que otro concepto (re) introducido aproximadamente en la misma época, el de “gobernanza”, el soft power no es verdaderamente revolucionario. En efecto, el soft power corresponde más o menos a otro término bien conocido por los especialistas en política internacional: el de “influencia”, que suele oponerse a la potencia o poder (power). Aunque Nye rechace la idea de que el soft power no es otra cosa sino la capacidad de influenciar sin coerción las acciones de otros hay que admitir que, en los hechos, la diferencia no es fácil de ubicar. A pesar de ello, al integrar la noción de poder en el término de soft power, Nye unifica de algún modo dos nociones, el poder o potencia y la influencia, que anteriormente se encontraban mentalmente en polos opuestos, aun cuando se introduce una nueva oposición, entre soft power y hard power (“poder duro”). En ambos casos, el uso (y la amenaza del uso) de la fuerza bruta es el elemento que diferencia al poder de la influencia, al hard power del soft power. Se desprende del soft power un aspecto importante que es menos visible en el concepto clásico de influencia: la capacidad de atracción o hasta de seducción. En este caso, casi podría hablarse de acercamiento indirecto, puesto que la idea es influir en la psiquis de los pueblos que se trata de ganar para la causa.

Sea como fuere, y cualesquiera que sean los argumentos de unos y otros sobre la innovación aportada por el concepto de soft power en relación al de influencia, lo que es cierto es que la introducción del soft power desató un debate importante sobre la renovación de los mecanismos políticos internacionales durante ese período de ruptura y sobre la manera de aprehender el entendimiento de las nuevas relaciones de fuerza. Cierto es que la estrategia militar ya hace muchos años que reflexiona sobre la dicotomía entre un acercamiento directo, basado en la superioridad de la fuerza (militar) y un acercamiento indirecto, que apunta a desequilibrar al adversario explotando la dimensión psicológica de la guerra. Los chinos, y en particular Sun Tzu, habían postulado como ideal del arte de la guerra una especie de soft power estratégico que apuntaba a hacer que el enemigo se rindiera sin derramamiento de sangre.

Por otra parte, Nye, al plantear la noción de soft power en el centro de su visión de las relaciones internacionales, desafía abiertamente a los partidarios del paradigma dominante del período de la Guerra Fría, el de la denominada “escuela realista”, donde el poder (hard power para Nye) constituye la “moneda” de base de las relaciones interestatales. La llegada de los neoconservadores a la Casa Blanca en 2001 (permanecen hasta 2008) reactualiza el debate, desde el momento en que aquéllos se lanzan sin pensarlo dos veces en una política aventurera de coerción que combina la potencia militar y económica con una voluntad de influenciar activamente sobre la opinión pública. A este enfoque caricaturesco del hard power, Nye opone el de un soft power que, en lugar de enfocar a los pueblos en contra de Estados Unidos debería, según él, “cooptarlos”.

Pero aunque los partidarios del acercamiento indirecto del soft power reivindiquen sin decirlo una superioridad moral por sobre el hard power, dado que la persuasión o la seducción son preferibles a la coerción y, por ende, a la violencia física, la realidad es que de todos modos la idea de base es la de llevar a los demás pueblos a plegarse antes su voluntad o al menos a seguir su camino, aun cuando el proceso no se haga de manera forzada y aun cuando los pueblos en cuestión terminen consintiendo gracias a un trabajo de larga data que consiste de algún modo en remodelar a los demás a su imagen y semejanza. Este proceder encuentra sus orígenes intelectuales en el proselitismo puritano de los protestantes estadounidenses y en la visión, central en la historia de los Estados Unidos, de que ese país tiene una misión divina por la cual debe iluminar al mundo con el brillo de su luz. El soft power es una emanación secular apenas encubierta de ese esquema director tal como se lo aplica en la política exterior. Ahora bien, los Estados Unidos practican desde hace décadas el soft power, en particular a través de los diversos programas de educación y desarrollo exteriores financiados por el Estado o por las grandes fundaciones privadas y de los que todos saben que el objetivo final es el de extender el modelo de sociedad estadounidense al mundo entero.

Por lo demás, el enfoque de la “misión civilizadora” de la Francia colonial no era muy diferente por ejemplo -y su origen se encontraba también en la dimensión cristiana de sus inicios (asociada al universalismo del Siglo de las Luces)- aun cuando, en este caso en particular, el soft power era precedido por una buena dosis de hard power. Al respecto, es interesante constatar que la influencia cultural de Francia en el exterior, aunque limitada, perdura allí adonde su potencia, primero militar, económica luego, se evaporó casi totalmente en las últimas décadas.

En el siglo XXI, mientras que el poder efectivo de los Estados Unidos está en regresión y, por otra parte, les resulta cada vez más difícil proyectarlo en el exterior, el ejercicio creciente del soft power representa también para EEUU una manera de mantener su rango en el mundo, y su influencia, por otros medios. Encontramos una voluntad similar entre los dirigentes de la otra superpotencia del momento -ascendente en este caso- que es la China. Pekín recuperó hábilmente el concepto del soft power de Nye asociándolo al pensamiento estratégico de Sun Tzu para tratar de proyectar una imagen positiva de la política exterior china.

Aunque Joseph Nye marca en sus escritos una clara preferencia por un soft power que emanaría desde abajo, es decir de la “sociedad civil” más que de los gobernantes, hay que admitir que por el momento el uso del soft power, incluso en el discurso político oficial, sirve antes que nada a todos los que practican la realpolitik, es decir la política de potencia, ya sea dura o blanda.